s.XX - Otros del s.XX - Jorge Luis Borges: Carta a Joan Salvat-Papasseit, 1921


Me han dicho, Joan, que un grupo de amigos os reuniréis en uno de esos hogares magnánimos que se abren precisamente cuando más reacias son las tempestades. Bien sé que no te sorprenderá no verme ahí; entre muchos, tú y yo permanecemos medio escondidos, y a veces apenas nos reconocemos. Tan sólo en la rosa de las altas estancias o, a media luz, embrujadas por el rumor de las aguas en los umbráculos de los caminos que a ellas conducen, nos reconocemos distintos, y yo a ti por la trasparencia. Entonces, cosa que no ocurre muy a menudo, inhábiles o industriosos, con chapucería o con ingenio, cambiamos pareceres extremos en los que el espíritu y el cuerpo aletean. Si se tercia, discutimos; tal vez con exceso o en desorden, pero indulgentes y fraternos.

A ti y a mí no se nos reconoce entre los elegidos; pero, como si de súbito apareciera el predestinado, algunos de los nuestros, desprevenidos, desertan o, maravillados, se encogen: es entonces cuando a nosotros nos parece que lo vemos todo más claro. En los frescores del silencio, más allá de la palabra antigua, de la imagen nueva o de la imagen abstrusa, tú y yo, y tal vez otros que nos acompañan y a los cuales no conocemos, somos testigos del prodigio: el paso del instante con fulgores de eternidad. Ni lo tuyo ni lo mío, pues; ni el pasado ni el futuro, ni la secta ni la escuela, ni lo irreal ni lo racional, ni el goma ni el libre pensamiento, ni lo claro ni lo oscuro son ya entidades en pugna. Todo lo absorbe el punto con profundidades de absoluto, que es la suprema realidad que los poetas se esfuerzan en descubrir y que anhelan transcribir. ¿Recuerdas, Salvat, la última vez que nos vimos? Tú, con bellas palabras quebradizas —talmente era tu voz endeble, aquel día— destacabas en planear para los mortales un porvenir optimista y ufano, en el cual el justo sería honrado por una sociedad unánime, con derechos y deberes iguales para todo el mundo. Yo, con complicados sofismas, quería vencer tu activa simplicidad y desviar tus sentimientos hacia un relativismo extrínseco que yo debía de creer conveniente para investigar los muchos problemas que planteaba nuestra juvenil indecisión. Tú que, mal informado, me suponías hijo honorífico de burgués, ambiguo y amante de hallazgos, me dijiste: “Mira, Foie, yo sólo soy poeta”. Son las últimas palabras tuyas que escuché. Me alegra decírtelo ahora, después de tantos años, exiliado con tantos otros en la propia comarca. Tal vez por eso echamos de menos a quienes, como tú, habéis abolido el tiempo y gozáis, soberanos, de la libertad inagotable. Desde que no estás aquí, gentes y cosas, las palabras, las formas, los colores y los sonidos se han vuelto más complicados, y se diría que todo el mundo embrolla los propios discursos. Los problemas, tergiversados, han perdido su significación original o establecida, y los antónimos han devenido sinónimos. A las gentes del pueblo, por ejemplo, se les da todo pensado, en hábiles consignas que los adeptos les procuran en comprimidos sutiles. Pasan las horas muertas ante la linterna mágica —algunos, ¡oh funesto presagio!, ya la tienen propia, en casa-, o escuchan, embebidos y embobados, la música venérea e inhospitalizada que reciben a domicilio cuando, vejados por el singular envilecimiento, regresan del juego de la pelota. Gentes de mar a las que yo conozco, las cuales prefieren la comodidad al trabajo, han desarbolado, han guardado los remos y las redes en los subterráneos y esperan el verano para vivir de la limosna de los forasteros sin impedimenta de las playas. Han perdido incluso las ganas de embriagarse y de cantar al frescor del tiempo de la vendimia. Si estoy con ellos, tomamos café y nos reímos por nada y muy alto para esquivar el miedo. Ya los prebostes y los intendentes acompañan, benévolos, a los segundones sin trabajo y a los suyos más allá de la frontera, hacia vistosos alrededores, y en los días de vacaciones vivimos, inclinados y beatamente serviles de los realquilados. Los señores —tú aún los conocistes— se han emboscado en estancias clandestinas, y en sus hostales se solazan, soberbios y despreocupados, los ricos. ¡Tú, que en las letras y en las artes temías la confusión entre tantas llamadas, manifiestos, tendencias y escuelas! No lo podemos decir muy alto, aunque ignoro el por qué; pero los años dieciocho y diecinueve, que tan gallardamente vivimos, hoy granan. Los cosecheros de ahora creen, absolutos —y te amenazan con llevarte ante el sayón, si les contradices—, que tan generosa e híbrida recompensa es un maná celestial. A los que permanecemos aquí ya no nos place pasear bajo los pórticos y hemos de amasar hielos en las cimas de los montes fronterizos. El sabio apenas escucha al sabio, ni el prudente al cauto, y los unos y los otros se miran de soslayo. A ti algunos te llaman precursor; otros mayoral. A mí, si les place, mediados entre lo real y lo insólito; pero no nos leen apenas, y entre ellos se vigilan y se espían. Los hay que escriben, por principio, al dictado de otros, y se acostumbran a ello, y, fuertes y robustos ahora, tal vez enfermarán; otros, embobados por seguir los usos de los vociferadores, se rebelan, con presunta hombría, y, con hosquedad, colocan en todas partes su existencial efigie. Como en todas las leyes literarias, hay los secularizados que enseñan incongruente las vergüenzas, del mismo modo que los románticos, de quienes nos reíamos y nos sonreíamos, enseñaban, hace años, las heridas del corazón. También hay la Cofradía del Silencio, a la que pertenecen algunos de aquellos a los cuales tu conociste y quisiste, y que, canos o calvos, te recuerdan. Rumorosos, también hay los artesanos de espíritu inventivo, algunos de ellos heteromorfos, que esculpen y pintan con materiales inusitados y extravagantes. Con los ojos cerrados, y con fervor, bregan clandestinamente para conseguir evocar el engrudo y el moho que los siglos han dejado sobre la naturaleza fragmentada. O, con colores adecuados, ordenan su autobiografía o sus estados de gracia y se complacen en descubrirse en los complicados psico-diagnósticos establecidos por los sabios, intérpretes o iniciados. Otros, tenaces, hurgan en precipicios oscuros, malos de explorar, de donde extraen formas inéditas, fuertes y vivas, pero inabordables y, en algunos casos que recuerdo, adípicas, pustulentas o putrífegas. La Hermandad de los Hierofantes del otro Misterio, con discreción, reserva y reticencia, o con augusta severidad, las descubren y las explican con turbador vocabulario. Con sus medios nuevos de expresión, los profesionales de las artes plásticas gozan, en los latifundios en donde se fragua el pavor, de unas libertades negadas a los narradores y poetas, a menudo intervenidos por la propia interdicción. En algunas de sus obras se descubren las manifestaciones más osadas de la licencia: intemperancia, estupro y crápula; o del furor: frenesí, paroxismo, erotomanía y demonolatría. De tal guisa, claro, podrían interpretar en ellas la Sabiduría, si esto les sedujese: reserva, sentido común, continencia y castidad. En algunas iglesias nuevas, los proyectistas ensayan estilos conceptuosos, y los pintores que rechazan la figuración representan, al fresco o en las vidrieras, las virtudes teologales y cardinales por medio de manchas, grumos y arabescos aguzados. La mezcla de sustancias promiscuas y de materias halógenas; las rascaduras, fregamientos, magullamientos y escarbaduras; los arañazos, raspaduras y uñaradas; los riscos sabiamente elaborados con sus grietas y cicatrices y, si es preciso, el desgarro de la tela o la rotura del marco, permiten a tan audaces artífices liberarse sin el descrédito que nos habría agobiado a ti y a mí, si hubiéramos dicho o expresado lo mismo por escrito y en verso. La teoría de los colores psicológicos, que los que especulan acerca de esta actividad propagan por montes y llanuras, sostiene que los colores profundizan más que las formas figurativas del neolítico, según los más exaltados. Aquel que sepa interpretar su disposición y su fijación sobre la tela o la tabla, en ellas volverá a encontrar, dicen, los Mitos y los Arquetipos. Los resultados son, a veces, sugestivos y placenteros; y a ti, que no rehuías interesarte por lo nuevo, lo maravilloso, lo anómalo y lo irregular, tal vez te harían reflexionar. Sobre todo cuando supieras que los pagan caros y al contado quienes, al por mayor o al por menor, los esconden a toda prisa en la penumbra de los lagares para que se cubran de telarañas y fermenten. Torres-García ya lo presintió. ¿Te acuerdas? Háblale de esto si te lo encuentras cuando se empeñe en estufar levaduras entre los justos y los elegidos. Tal vez le hallarás de comensal, probando los divinos manjares, en la mesa en donde se sientan Folguera, Guerau de Liost, López-Picó y Riba (2). Ya ves, pues, cómo los aventureros del descubrimiento se revelan y continúan. Una tarde en que estábamos juntos con Folguera, decíamos seguros, que la vanguardia en las letras y en las artes, es siempre una reacción ante toda caída en el lugar común, en la academia o en la barbarie. De ahí su rigor, su ascetismo y su desinterés especulativo. De vez en cuando, y en algún lugar del mundo, los hay que, de tan avanzados, hacen cola entre los más retrasados de la retaguardia. Te sorprendería, Salvat, ver a quienes, porque son jóvenes en años, se creen nuevos de espíritu y rehacen o desfiguran las tonadas, los garrapatos y los mimodramas de principios de siglo, con toda su falsa sublimidad y su trascendencia. Mucho te maravillaría ver cómo la vanguardia de aquellos años, prolongada con exceso, se convierte, sin darse cuenta, en un conformismo universal. Los de cada nueva promoción a quienes les place acortar por caminos atajadores para alcanzar incómodamente las cimas desde donde perciben aledaños mal explorados, han de ser duros, viriles y severos en sus investigaciones, y austeros y ascetas en sus prácticas, invulnerables al dinero y, si es necesario, inexorables en su anónimo. El vanidoso, el que mira febril la bolsa del mercader o el que toca el ombligo del potentado, yanqui o griego, no es, ni con el pincel ni con la pluma, poeta. Tampoco pueden ser, pues, ni en su conducta ni en su obra, delicuescentes, viscosos, epilépticos, intestinales. Ni acceder al soborno ni a la venta, que son los síntomas de la decadencia. Al que investiga, curioso de espíritu, o busca lo verdadero y a la vez explora nuevas tierras, si le han tentado la gloria o la ganancia traiciona los principios que hacen al hombre recto y comunitario. Un vigía jamás es un profesional; un aventurero de divinas aventuras terrestres no es nunca un asalariado. La vanguardia de encargo o de oficio, o impuesta por el temor, es, ¿no te parece?, una vileza. En la práctica se convierte en un tópico reaccionario: se destruye la grandeza del mester. No creas que estos problemas de ética y de estética mueven o conmueven mucho a nadie. Todo sigue como en los tiempos de Trossos, de Un enemic del poble y de la Revista, de Folguera, o de l´amic de les Arts, que tú no conociste. Tan aislados como entonces, y peor considerados. Si los periodistas hablan de esto, es debido al salario. Tampoco creas que el arte no objetivo, que es el que más ruido mete y el que ha convertido a pintores y escultores en un estamento nuevo y rico, potentado, tenga la adhesión de todas las minorías que especulan con los valores de la inteligencia y del espíritu. Por una parte, lo rechazan: a) los partidarios tradicionales de lo real concreto e inmediato, que se esfuerzan en reproducir el mundo tal como dicen que lo ven o quisieran que fuese, y con un lenguaje al alcance de todos; b) los temerosos que se asusten ante todo intento noble de investigación renovadora; c) los babiecas que viven siempre encubados en lóbregas galerías; d) los pillos que, mientras dicen que no lo entienden, esperan a que alguien tenga éxito para pasar, a codazos, a primera fila. De otro lado, los llamados racionalistas históricos, regentes de vastísimas comarcas, los cuales impugnan todas las manifestaciones del arte que se aventuren más allá del objeto. Defienden, pues, el realismo más aséptico y combaten las artes actuales por esotéricas, decadentes e inhumanas. Para algunos observadores inscritos en este sistema, el arte no objetivo es un arte agónico que refleja los últimos espasmos de una sociedad que lo tolera o enaltece y que, quitándole el veneno, agavilla sus frutos para decorar con ellos sus estancias de esparcimiento. Según los mismos doctrinarios, las prácticas actuales del ilogismo, de lo irracional y de lo inconsciente; los desertores de las formas figurativas o del objeto conducen las artes a su autodestrucción. Clandestinos o declarados, también hay entre ellos los inconformistas que sostienen que se puede ser socialmente recto y complacerse a la vez en la búsqueda de formas nuevas, puesto que el arte, dicen, es una resultante de la actividad libre del espíritu. ¡Ay, Joan añorado! Si ahora estuvieras en el mostrador de “Faianç”, como cuarenta años atrás, me parece que convendrías conmigo en que los regímenes políticos de hoy, en apariencia tan opuestos, hablan las formas dialectales de un lenguaje común, y que todo tiende, y de prisa, a integrarse en un sólo tipo de civilización. Pero cuanto más unificados y absolutizados, más solitarios.“Cuanto más unidos, más solos”, dijiste una vez, yendo por la Gran Vía. Y hay quien asegura que el hombre personal desaparecerá para integrar, en ascensión hacia un vértice utópico, la especie… Lo que no es universal, para muchos es estéril. Verdad es que también hay, duros y muy arraigados, a los resistentes que defienden al hombre total y a la persona real, su interiorización y su derecho, pues a razonar, a meditar, a concebir, a inducir, a deducir, a abstraer, a concretar, a conocer y a decidir. Y, también, a desbrozar la realidad –que no es siempre la de los realistas miopes- o advocar y honrar a Dios. No te hablo de las costumbres del tiempo en que vivo; ya sabes que, lector de los moralistas de todos los tiempos, desde muy joven me di cuenta que nada se parece tanto a los usos actuales más desbragados como las costumbres antiguas. Lo moderno deviene anacrónico tan pronto como los del castillo, los del claustro o los de la fragua hacen de ello su bandera. No temas, empero, por los que se reconocen en ti y en ti se reencuentran. Se refugian a la sombra de tu nombre para oír hablar de ti y de los tuyos, y escuchan bellos versos. Hay gente nueva que se prepara, con optimismo, para cuando la poesía será para todos, puesto que todos habrán sido formados, educados e instruidos con el fin de comprender que la poesía no es lo útil inmediato, ni la imitación de la naturaleza —que el poeta ya lleva en sí mismo—, sino el ejercicio de la facultad de descubrir —me lo leías de Leopardi— las relaciones entre las cosas más lejanas y, en lo fuerte del riesgo y de la jugada, establecer soberanas certezas. Mira: el cielo, más hermoso que nunca, espumea blanduras azulencas en los flancos del rastro que en él dejan las naves celestes impulsadas por reactores que tú no preveías. Unas nubes diferentes y frescas se adelgazan y se deshilachan esfumándose, tardías, en la raya de los collados. Voces de todas partes e imágenes titilantes emitidas por ingenios de hombres recientes, para ti difíciles de comprender, lo anuncian. Brillan satélites nuevos, proyectados, construidos y puestos en marcha por la mano del hombre; metales recientes trabajados con minuciosidad, pesados y ligeros a un mismo tiempo, los cuales encajan al héroe naciente, explorador futuro de mares y cielos astrales. Todo te sorprendería, si lo vieras, Joan; pero el hombre desvelado permanece y, rodeado de canes y enanos que encelados le espían, capta, lleno de la virtud de muchos, la extrema belleza de la aventura, del riesgo y de la empresa. A menudo me pregunto si la ciencia no ha ido ya más allá, en sus realizaciones, del muro en donde los poetas y los metrómanos proyectaban lo imposible. Son muchísimos los que viven, sin darse cuenta de ello, en estado poético, y cabalgan motores de comarcas precisas en dónde lo fabuloso ha devenido real y casi carnal. Qué voy a decirte: tal vez hay más poesía y azar —lírica, radiante, epicúrea, o trágica, aciaga y siniestra— en la móvil realidad de hoy que en las bucólicas y anacrónicas descripciones de los floralistas de todos los bandos y de todos los tiempos. Muchas prácticas poéticas y retóricas han envejecido, porque sus partidarios, obcecados, no avanzaron. Desprendidos de los desfallecimientos novecentistas, los arquitectos, a los que tú y yo nos referíamos a veces, libertan los materiales y crean formas robustas y aireadas en las que lo permanente y lo nuevo se ajustan con ostensible originalidad: algunos urbanistas osados ya proyectan la ciudad del porvenir con galleantes estructuras aireadas, y con agua, flores y luz. Tal vez conseguirán, si el exceso no les tienta, hacer vivas las imágenes que los poetas esbozan en la penumbra de la muralla. Todo, para bien y para mal, va más allá del proyecto; pero no nos damos cuenta. Es necesario que te diga, también, que otros constructores, cicateros, de una sola de tus estancias, que tú considerabas pequeña, hacen cuatro habitaciones maltusianas y antiestereofónicas, que alquilan o venden a precios que te harían persignar, si me atreviera a decírtelos. El bien y el mal, la belleza y la fealdad, la largueza y la codicia, se ensorbecen, se enconan y se quitan la faja. ¿Qué más puedo decir, si el tiempo, con los años, se acorta? Si miras desde las Alturas, verás, en bandadas, millones de pares de alas que encumbran, rápidas al hombre y que en un abrir y cerrar de ojos le llevan de Polo a Polo; o cómo todos, desde la mañana al atardecer, ora el uno, ora el otro, van enconchados, como los moluscos, para correr, veloces y tumultuosos, e ir de Ninguna Parte a Ninguna Parte. Esto sería casi inédito para ti: el ala y el cascarón que lentamente estructuran a los terrícolas. Y tantas otras invenciones y trucos, favorables o adversos, que nos liberan, nos encierran entre cuatro paredes o nos sojuzgan. A veces temo que el planeta gane velocidad y que una distraída pisada al acelerador nos haga pasar a todos por el grueso del muro del mañana. Juntos y anónimos, como los que se reúnen en la cabina de un avión y el aparato cae en llamas. Al día siguiente, ya nadie habla de ello. También sería una sorpresa para ti si te dijera, y me creyeses, que los positivistas más avanzados, los federales más homotermos y los fervorosos de la blasfemia, algunos de los cuales tú habías conocido y los pocos que viven aún, aquí o en los trópicos, ahora son reaccionarios y casi oscurantistas, mientras que muchos clérigos son progresistas. De noche, empero y en la paterna comarca, a campo abierto o en playa libre, nada ha cambiado. El cielo, con el sol, la luna y las estrellas, se mueven suavemente como una bambalina; las conchas se cierran dulcemente al rumor de las sales secretas; las muchachas sonríen, dóciles como nunca, y cantan tonadas de embrujo, y, ya de madrugada, los jóvenes con bozo reanudan los sueños que a ti y a mí nos hacían la vida atractiva y deseable. Tal vez nos veremos pronto, Joan. ¿Quién sabe? Espérame, a la hora de la luz naciente, en los arenales del Paso, al pie del portillo de la otra comarca, y me guiarás por el camino que lleva hacia el más alto conocer.
***


Proyecto de Edición Libro de notas

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Datos Bio-bibliográficos

Jorge Luis Borges

(Buenos Aires,1899-Ginebra,1986)

Bibliografía escogida:
Obras completas: 1923-1985, Círculo de lectores, 1993.
Antología poética: 1923-1977, Alianza Editorial, 1996.

Enlaces:
Sobre Borges

Asociación borgeseana

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Más información en la wikipedia: Jorge Luis Borges

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