s.XX - Últimas tendencias - Luis García Montero: ¿Por qué no sirve para nada la poesía?, 1992


Frente a la épica de los héroes o el
fin de la historia, prefiero la poesía
de los seres normales.

HACE falta cultivar nuestro jardín. Recordemos una vez más la conocida frase con la que Voltaire concluyó su Candide. Frase de resignación y de refugio. Cuando el mundo demuestra su realidad áspera, cuando los acontecimientos humanos se solucionan sin respetar el buen sentido de la razón amparadora, cuando nos sentimos provocados, con una íntima indignación capaz de encolerizarnos, de llevarnos al rencor, de hacer- nos diferentes a nosotros mismos, entonces es el momento de buscar refugio: hace falta cultivar nuestro jardín. Tengo con frecuencia la sensación de que vivo en un mundo hostil, cercado por una sinrazón que desgasta, y me es necesario buscar descanso para seguir viviendo sin traicionarme, porque también el odio es una forma de traición, a veces más peligrosa que la renuncia o los cambios de bandera. Con esta sensación y con este ánimo escribí «Día de calma» , un poema incluido en Las flores del frío (1991), que me parece oportuno recordar ahora:

Quien no quiso caer en la mentira,

no sea injusto desde la verdad.

Repítelo. Es un día de calma.

Aunque la mar extienda sus castigos

y el golpe solitario de los remos

se pierda entre la espuma

como se pierde el último destello de una mano,

quiero que lo repitas: es un día de calma.

Repite que es mentira

todo lo que parece sucederte,

que las manos deshechas son mentira

y no temes el viento,

ni existen los abismos en el agua,

ni la respiración entrecortada.

Porque la piel del labio

siente una quemadura de sal y se parecen

sus latidos al odio demasiado,

repite que no sientes sus latidos.

Ya que todo se mueve, ya que el tiempo

bajo los pies se descompone y cae,

regresa hasta el lugar donde las huellas

forman parte de ti

como un destino

de arena que resiste en algún sitio

detrás de cada ola.

¿A qué memoria perteneces? Vuelve.

Una ciudad al Sur, un gabinete

de balcones abiertos enfrente de los plátanos.

Sigues leyendo, sabes

los libros que son tuyos. Para ti las miradas

de cristal y los barcos

que navegan con pecho adolescente.

Es un día de calma.

Quiero que lo repitas desde allí , allí,

para que grabes

en la madera limpia de tus remos:

Quien no quiso caer en la mentira,

no sea injusto desde la verdad.

Sigues leyendo, sabes los libros que son tuyos. Cada vez entro con más frecuencia en mi biblioteca como quien va a cultivar su jardín, buscando un paisaje en el que reconocerme, un pasado capaz de llevarme los pies ala tierra por debajo del agua, un territorio de moralidad propia. Los libros son para mí el espacio donde el deseo puede todavía seguir conspirando, sin excesivos sentimientos de ridículo, y una meditada lección de experiencia histórica. Por eso sólo puedo ser optimista junto a los libros. Recupero en ellos el poder de imaginar lo que no existe, y aprendo que lo inexistente, cuando los seres humanos lo sueñan una y otra vez, cuando lo exigen, llega a hacerse realidad, a sentar plaza entre nosotros. Hay muchos mundos de ficción que han pasado de la literatura utópica a la novela realista, del poema simplemente intuido la certeza del amor o el odio personal.

Para la mayoría de los niños de mi generación la ley del deseo se hizo evidente con los buenos libros de aventuras. La isla del tesoro, Veinte mil leguas de viaje submarino, Las aventuras de Tom Sawyer son un magnífico camino para descubrir ese poder asombroso de seducción que tienen los libros, esa soledad en la que de pronto se encuentra uno sintiendo y pensando delante de una historia escrita por otro, tal vez en un país lejano, tal vez en una lengua extraña, tal vez en una civilización desaparecida. Digo sintiendo y pensando, porque la literatura tiene un ritmo lento, hecho a la medida de nuestros ojos y nuestro cerebro, un ritmo que nos permite imaginar, sentir y disentir, opinar sobre lo que somos y lo que queremos.

Yo no entré en este territorio a través de los libros de aventuras. Mis primeras excursiones literarias se deben a Las mil mejores poesías de la Lengua Castellana, ocho siglos de poesía española e hispanoamericana antologados por José Verruga. Todavía conservo el ejemplar en tela roja, muy achacoso y descompuesto por la guerra familiar. Era costumbre de mi padre leernos en alto algunos poemas, y costumbre de mis hermanos escabullirse en el menor descuido, muy disimuladamente, poniendo distancia entre sus ganas de jugar y larguísimos poemas de Espronceda, Zorrilla o Campoamor que mi padre, desde su sillón con humo de tabaco después de la cena o en la cama dominical blanca y sin humo, intentaba leernos con una voz de ronquera algo teatral, sentida y profunda. A mí me daba vergüenza dejarlo solo: creo que ese es de verdad el motivo de mi afición a la poesía.

Aquellos poemas contaban historias, largas historias que necesitaban de un planteamiento, un nudo y un desenlace. El niño escuchaba, cada vez con más entusiasmo, las historias de un pirata que había decidido sacudir el yugo de los esclavos y buscaba su libertad en el mar, única patria de los seres libres, sin dioses, sin leyes, capaz de enfrentarse hasta con la remilgada autoridad de los ingleses. Veinte presas hemos hecho a despecho del inglés. El niño escuchaba las palabras de un castellano leal, el Conde de Benavente, que por órdenes de Carlos V había tenido que hospedar en su palacio al Gran Duque de Borbón, un fementido traidor, que contra su rey combate y que a su patria vendió. Cuando el Duque deja Toledo, el castellano leal decide purificar su palacio prendiéndole fuego. Ya se lo había avisado al Emperador: Vuestro soy, vuestra es mi casa; de mí disponed y de ella; pero no toquéis m honra y respetad mi conciencia. El niño escuchaba, con escalofríos la historia de Andresillo cantada por Carlos Roxlo, la historia de un muchacho huérfano y recogido por una mala mujer que lo obligaba a vocear la prensa de la época, La libertad, El pueblo, con urgencia por venderlo todo, porque si regresaba a la casa con mercancía el castigo era seguro. Una noche, ya de regreso y con todo vendido cruzó con una muchacha también huérfana, vendedora de prensa, que volvía llorando a su casa porque no lo había vendido todo y esperaba una paliza segura. Andresillo se apiadó y compró los números sobrantes, dispuesto a recibir él la paliza. ¿Qué pasaría? ¿Cuál sería el final de aquella historia? Oigo la voz de mi padre, me identifico con el terror de Andresillo, soy yo el que regreso, el que dudo, el que avanzo palabra sobre palabra hasta la conclusión de la historia:

Llegó Andrés a su cueva. Vio en lo oscuro

el gastado jergón de húmeda paja,

y sobre tosca fuente, junto al fuego,

el humo de las viandas.

«-¡Si te quedó algún número, a la calle! »

la mujer le gritó. «-¡La noche es mala. . .

y no pasaba gente! ¡Estoy enfermo!»,

del niño balbucea la garganta,

ya llena de sollozos. «-¡A la calle!

¡A dormir en los bancos de la plaza!

¡A cenar con los perros sin arrimo!»,

contesta la mujer. Y, con la rabia

que ahoga la voz de la piedad bendita,

dejó al niño y la sombra cara a cara.

Lo que el niño y la sombra se dijeron

es un misterio aún. ¡Tal vez el alma

enternecida de la pobre madre,

sobre el niño tendió las leves alas!...

Lo cierto es que al venir el nuevo día,

los quinteros que entraban

en la ciudad, rigiendo adormecidos,

con mano floja, las carretas tardas,

le vieron con asombro

sobre el umbral oscuro de la casa,

rígido, inmóvil, azulado y muerto,

a la confusa claridad del alba.

Muchos años después aprendí a distinguir, supe quiénes eran Garcilaso, Fray Luis de León, Espronceda o Juan Ramón Jiménez, y me costó trabajo descubrir algún dato de Carlos Roxlo. Pero en aquella época, los versos de Bernardo López se mezclaban en mi imaginación con los de García Lorca y los ripios de Campoamor valían lo mismo que los buenos versos, porque también los hay, de «El tren expreso» , aquella historia de amor fulminante, muy poderosa, pero no hasta el punto de poder contra la muerte.

Las mil mejores poesías desencadenaron en mí un modo de pensar y de imaginar, una manera de entender las relaciones entre la realidad y mi deseo. Desde ese momento los libros, al ir amontonándose en las estanterías de mi casa, han formado un paisaje moral, el jardín que me refugia y que de vez en cuando necesito cultivar. Son una compañía preciosa, un orden, una manera de ser. Sus cubiertas, el color de las encuadernaciones, los diseños suelen recordar algo, algún momento concreto de la vida, el modo o la razón por la que llegaron hasta la casa, las imprevisibles consecuencias. y su orden en los estantes tiene poco que ver con los criterios objetivos de catalogación, suele obedecer al gusto, a una personal antología de la literatura universal de nuestra propia vida. Dice Mario Benedetti un escritor tiene su domicilio donde está su biblioteca. En medio de los exilios, los cambios de casa y de país, el escritor uruguayo ha llegado a desorientarse, a vivir en el vacío. Pero siempre le quedó la brújula de su biblioteca para saber dónde seguía teniendo su casa.

Estoy apunto de lanzarme a un elogio de la lectura, lleno de seguridad y júbilo, sin tener en cuenta la situación precaria del libro en la actualidad o la situación de las humanidades en los programas de estudio y en los presupuestos aprobados por nuestras autoridades. No están los tiempo para júbilos.

En la primera estrofa del «Poema de los dones», con esa puntería de desolada inteligencia que tan a menudo caracteriza sus versos, escribe Jorge Luis le Borges estas palabras cargadas de personal certeza:

Nadie rebaje a lágrima o reproche

esta declaración de la maestría

de Dios, que con magnífica ironía

me dio a la vez los libros y la noche.

Extraña hermandad en este caso la de los libros y la noche, porque no se refiere al romántico y habitualmente tranquilo espacio nocturno para la lectura, sino al imposible diálogo de las letras y los ojos sin luz. Borges acepta en el poema la ironía de un destino que lo iba dejando ciego al mismo tiempo que ampliaba imperiosamente su ambiciosa navegación por los libros, la fatalidad de ser una silueta perdida y tanteadora por los pasillos de las bibliotecas en sombra.

Un destino simbólico. Parece que los lectores actuales estamos destinados a sufrir algo de esta imposibilidad, de este diálogo desequilibrado entre la noche del ciego y los libros, pequeños países de papel que no acaban de encontrar los límites de sus fronteras, porque no hay quien quiera reconocérselas. Ahora más que de una ironía del destino se trata de una contradicción social, ya que vivimos en un tiempo donde se revaloriza en teoría la cultura, se levantan grandes tinglados para grandes fastos, pero en la práctica no acaba la cultura de desarrollarse, de enraizarse entre los ciudadanos o entre la instituciones de seriedad cultural verdadera, escuelas, universidades, bibliotecas, que pagan en sus bajos presupuestos el derroche de los escaparates y las algaradas de sociedad. Malos tiempos para la solitaria austeridad de los libros. Según los bajísimos índices de las estadísticas, parece que no corren buenas aguas para la lectura en esta época de

agobios, espectáculos y grandilocuentes empresarios culturales. En un excelente ensayo, titulado «Defensa de la lectura», Pedro Salinas acometió ya su cruzada de reivindicación, aconsejando y desaconsejando con un atinado sentido común literario, anunciando provechos y denunciando los obstáculos que interrumpen el arte del buen leer. Obstáculos que, a decir verdad, no siempre son externos, ya que a veces surgen y se desmandan por culpa de los propios responsables del círculo literario.

Empecemos por los tiempos. Parece que nuestros hábitos actuales no se llevan muy bien con la minuciosa lentitud de los libros. Nadie tiene tiempo ni paciencia para adentrar se en una tarea que necesita cierta dedicación y tranquilidad. La historia de los seres humanos está formada por un conjunto de sucesos que demuestran nuestra clara tendencia a complicarnos la vida. Asombra la facilidad que tienen las ideas para cambiar de destino y los inventos para volverse contra sus dueños. Después de todo a los seres humanos nos sobra autoritarismo, pero nos falta autoridad sobre la historia. El progreso ha sido una batalla cotidiana con el tiempo, para concebirlo y aprovecharlo de una manera determinada. ..Decidimos ser libres para romper con una idea litúrgica del tiempo, definida por los ritmos cíclicos o por las verdades estancadas, y nos encontramos ahora, en la última estación de la carrera de nuestra modernidad, hablando del final de la historia, de sistemas perfectos y órdenes que parecen estar por encima de nuestra voluntad. ¿No parece hoy ridícula la idea de que el mundo puede ser transformado ? Ideamos artilugios para viajar más rápido, para agilizar el trabajo de las oficinas y aligerar mecánicamente las labores domésticas. Hemos acortado el diezmo de las obligaciones y ensanchado los años previsibles de la vida. Sin embargo es muy difícil encontrar hoy un desocupado entre nosotros. Los sabios apenas conocen la productiva pereza del retiro espiritual, asalariados en el tajo de los cursos de o verano y las universidades paralelas que derrochan el dinero que falta en las universidades estables. Los cargos públicos han perdido la envidiable grandeza de la ociosidad que antiguamente los definía; y si lo pensaran bien, dejando a un lado el prurito de mandar y figurar, se darían cuenta de que su calidad de vida es ínfima, de que hay personas que viven cultivando su jardín mucho mejor que ellos despachos, en sus reuniones, en sus inauguraciones. Con esto no quiero decir que los políticos sean hoy unos servidores abnegados del pueblo, porque tal y como está la política es imposible que llegue a mandar nadie que tenga sólo voluntad de servir. Por voluntad de servir no devora uno a sus propios compañeros, no se conspira internamente en los partidos, no se batalla en la elaboración de listas electorales. Por voluntad de servir no confunde uno las ideas políticas con un puesto permanente de trabajo. No, lo que quiero decir es que los políticos son siervos de su propia mentira y tienen una idea errónea de lo que significa ser felices. Por ejemplo, todos viven bastante peor que yo. Sé que nadie me envidia, pero tampoco necesito la envidia ajena para vivir .

El problema es que también la mayoría de la gente común pasa muy de prisa y preocupada por las calles. Hasta los vagos están ocupadísimos, no se sabe bien en qué, pero la realidad es que nunca ha costado tanto trabajo el no dar ni golpe. Inventamos una civilización para ganar tiempo, pero la civilización nos ha hecho impacientes. Más tiempo

para dedicarnos a más cosas y no para disfrutar cabalmente de los distintos regalos de la vida. Y este desasosiego se acompasa muy a regañadientes con la lectura, porque la lectura es mucho más que una simple relación accidentada de los ojos con los libros. No basta con el devorador de papeles impresos que sale a la caída de la tarde con el deshielo de los grandes edificios de oficinas y se aprieta en el asiento de un autobús o un metro, con un libro de páginas intermitentes, compañía casual entre trayectos, bajo una luz movediza, prestada, y un acumulado entorno impersonal de voces hostiles, apretones y vaivenes. La lectura es en realidad todo lo contrario; es un espacio, un lugar predilecto, una luz escogida, un libro vanidoso que no exige toda la atención, un ritual en el que importa hasta la época del año, porque casi todos los buenos lectores cambian de piel con las estaciones. La lectura no es un trámite, es una decisión sobre el estado de ánimo, una decisión en la que cada cual aprende mucho sobre sus manías, sus egoísmos y su generosidad. Lo mismo que la lujuria es una forma de sabiduría, un instinto aguzado, toda sabiduría, toda lectura es una forma de lujuria para quien la descubre con sinceridad, y como cualquier placer importante, se lleva muy mal con las prisas de esta época, tan inclinada a las literaturas frías, interrumpidas y breves.

Pero, como dije antes, no es conveniente la queja amarga sobre los tiempos y sus costumbres, sin habernos examinado primero a nosotros mismos. Mucha culpa tienen también literatos, editores e instituciones en la lamentable situación de una cultura del libro débil, sin el arraigo que cabría esperar y, desde luego, sin la presencia entre el público de otros medios de comunicación o de otras industrias. Me refiero, sobre todo, a los libros de creación literaria.

La literatura es una convención, un artificio destinado a construir la belleza capaz de interesar al otro. Su tarea tiene mucho de saber artesanal, de arquitectura metódica y cuidadosa para urdir l relojería de una novela o un poema que seduzca al lector, que lo guíe y lo acompañe hasta el punto indicado. Todo buen libro tiene la acompasada elaboración de un buen vino y las características de una cita, un lugar asignado y una hora precisa, porque esta trabazón artesanal apunta siempre a un lector, a su interés y a su benevolencia.

En nuestra tradición inmediata ha sido frecuente que los autores de aparente vanguardia intelectual olviden este destino abierto de la literatura, animados por una crítica de periódico poco rigurosa y voceadora de falsas novedades y complicaciones. Las consideraciones artísticas de tono sacralizado están pesando demasiado sobre el arte. Hubo un momento en el que el artista se dio cuenta de que la sociedad caminaba por rutas ajenas, poco atenta a la belleza y partidaria del negocio inmediato. Entonces decidió pagarle con la misma moneda, produciendo obras poco atentas a la sociedad y muy partidarias de sí mismas, de sus dialectos y sus dificultades. Bien conocen los historiadores el papel fundamental que este juego de malentendidos ha ocupado en la tradición contemporánea desde el romanticismo. Se trata de una herencia que los artistas deben conocer, porque de ella ha nacido una de las partes más ricas de su tradición, pero seguir manteniéndola ahora como único punto de referencia puede resultar peligroso y deformador. El narcisismo del arte abandonado a los dominios del arte, en el fondo un narcisismo muy burgués y muy siglo XIX, ha dejado también muchos lastres pesadísimos en manos de las infanterías literarias. Irrita ver el desparpajo de los que dicen romper el lenguaje, desestabilizar los géneros, despreciar los gustos, entretenidos muy a su sabor con ellos mismos, tal vez porque desconocen ese humilde laboreo artesanal de la literatura destinada a gustar, a dar satisfacciones y a sentirse querida. Hay proyectos que llevan consigo el moscardón del aburrimiento, hay novedades insufribles, rupturas que no crean nada, composiciones rarísimas que nada aportan y que le hacen a uno recordar con melancolía los poemas escritos con abundancia de corazón y las novelas de buen estilo, con sus planteamientos, sus nudos y sus desenlaces.

Tampoco es necesario perder mucho tiempo hablando de la poca entidad y lo poco revolucionarias que son la mayoría de las novedades de los fascinados por la modernidad. Pero ya que acabamos de pasar por un período de élites artísticas y ya que nos lamentamos de que la sociedad no se interesa por los libros, conviene recordar que parte de la culpa se debe a los libros, es decir, a sus autores, autores que hablan y se preocupan de cosas que nada tienen que ver con la vida de las gentes. La primera obligación del artista es que su obra sea útil artísticamente, que se justifique por lo que ofrece y por lo que es capaz de dar en cada momento. Si quiere seguir existiendo como realidad no arqueológica, el arte debe encontrar otro camino más útil que el de las academias de la modernidad, romper el juego de las marginaciones y los orgullos solitarios, los decorados del buen salvaje. Más no valdría volver a las arquitecturas capaces de atrapar al lector como la arena movediza de un pantano, porque sólo a partir de ellas se pueden trazar nuevos caminos en la literatura y porque así saldrá ganando en general el mundo de los libros. Como decía Horacio, «que los poetas sean mediocres no lo sufren ni los hombres, ni los dioses, ni los estantes de los libreros».

También los editores, sobre todo los grandes, debieran detenerse un momento a pensar en los caminos por los que va marchando su oficio. La prensa suele recoger durante todas las ferias del libro unas encuestas paradójicas. España es el quinto país del mundo en número de títulos editados al año, y sin embargo tiene un bajísimo índice de lectura. Entre los países de nuestro entorno, sólo Grecia y Portugal muestran menos afición que nosotros a las letras impresas. Es este un desequilibrio que cualquier paseante curioso ha tenido oportunidad de notar a flor de librería. Entrar hoy en una librería es verse invadido por las novedades, portadas distintas, variadísimas colecciones, nombres que van y vienen por los anaqueles con la prisa de las semanas y casi, casi, de los días. Se editan muchos títulos, es verdad, pero en cortísimas tiradas, apenas un número insignificante que se pierde en la tormenta o se agota rápidamente en los casos raros de los libros con éxito. El editor arriesga poco con tiradas que alcanzan sólo para cubrir los servicios de novedades, pero los precios se disparan y los libros se alejan de los ojos a través del bolsillo de los viandantes, porque la vida no está desde luego para estos precios disparatados, capaces de desequilibrar las economías domésticas y de crear serios problemas conyugales cuando alguno de los miembros de la asaltada pareja tiene la profesión de las humanidades o el gusto de la lectura o simplemente el digno vicio de la colección y acaparación de libros en bibliotecas de doble fila y desorden inevitable. Es que los libros están ya al precio de la droga dura, y no digamos si a uno le interesan las primeras ediciones de nuestra historia literaria y los ejemplares raros. Yo quisiera recordar aquí, porque me parece una discriminación respecto a otras profesiones, que la compra mensual y regular de libros no nos desgrava a los sufridos profesores a la hora de hacer la declaración de la renta.

Hay que editar mucho, pero no necesariamente muchas cosas. Creo que sería bueno romper este ritmo de novedades, editar menos títulos y ampliar las tiradas, abaratar los costos, procurar que en Hispanoamérica se vuelvan a comprar libros, sosegar los bolsillos de los lectores y los esfuerzos de los libreros que desempaquetan hoy lo que tienen que devolver mañana. Y ser también más selectivos a la hora de la edición. Van quedando pocos editores que necesiten confeccionar un catálogo como se cuida una obra propia, un itinerario coherente, un hecho de cultura. Aquel antiguo amor por el catálogo se pierde ante este ejercicio de sumas y restas empresariales. En el último tomo de las memorias de Carlos Barral, Cuando las horas veloces, se narra el final de una época de la edición europea protagonizada por grandes formadores de seleccionados catálogos, coherentes y personalísimas empresas culturales donde se mezclaba el amor a los libros, los gustos literarios, la visión empresarial y los compromisos sociales que toda cultura debe poseer. De su impagable valor pueden dar buena cuenta los esforzados lectores de la España franquista, que aprendieron a buscar los oasis en medio del desierto y la vulgaridad.

Todos debemos aceptar nuestro esfuerzo en esta tarea de defensa de la lectura. ¿Pero a cuento de qué esta defensa ?, puede preguntarnos alguien en nombre de las más extrañas banderas, desde los adictos a la feliz ignorancia hasta los encabezados de las nuevas técnicas de la modernidad, pasando por los escritores que se sienten orgullosos de escribir para ellos mismos. ¿Cuál es realmente la utilidad de los libros? ¿No estaremos empeñados en mantener una nostalgia, un resto de otro tiempo?

Es verdad que en otro tiempo, aunque tampoco tenían lectores, los libros fueron sagrados. El respeto a la lectura conoció su gloria intelectual más exaltada a lo largo de la Edad Media, aunque parezca paradójico por haberse considerado siempre esta época como tierra de bárbaros y de oscuridad. Pero la sacralización era entonces un asunto colectivo, no el consuelo de un sujeto infeliz dispuesto a convertirse en Dios, y los libros fueron entonces un privilegiado territorio para la divinidad. Según el Éxodo, las tablas de la ley estaban escritas por el dedo de Dios. La escritura fue por eso un campo de verdad frente a la mentira oral de los juglares. Todo el proceso de la letra se cargó de una simbología fascinante, estudiada con detalle por Ernst Robert Curtius en su Literatura europea y Edad Media latina. Las plumas utilizadas para escribir, por la hendidura de su punta, vinieron a representar las dos caras de un único mundo, las caras del Antiguo y Nuevo Testamento. Los títulos de los libros y las capitulares se tintaron por lo común en rojo para hacerle un homenaje a la sangre derramada de los mártires. Los niños aprendieron a leer en un pergamino clavado en la pared, del mismo modo que los cristianos aprendieron la verdad de su fe viendo el cuerpo crucificado de Cristo. Alcuino compuso un pequeño poema que solía colgarse en los talleres de los monjes copistas, un poema que ensalzaba la gravedad y el digno trato de su trabajo, ya que el simple el ejercicio de la escritura contribuía directamente a salvación de las almas. Uno tiene la sensación de que todo, utensilios, actividad y consecuencias, estaba perfectamente regulado por una liturgia que santificaba el mundo de los libros. y es que Dios era el gran ausente, el gran escondido, y, como afirmó San Isidoro en sus Etimologías, las letras «tienen tal fuerza que nos hacen oír, sin voz, el habla de los ausentes». Región para la voz de los ausentes, una imagen clásica entre las encargadas de alabar la utilidad de los libros, que pasó después al Siglo de Oro español en el conocido soneto de Quevedo, escrito para cantar el retiro moral y libresco de su autor en la Torre de Juan Abad.

En fin, tanta importancia alcanzaron los libros que todo se convirtió en una inmensa escritura. El mundo fue una prosa, la gran prosa del libro de la naturaleza, ordenada renglón a renglón para que cada animal, cada árbol y cada piedra tuviesen un significado preciso, una lectura. Así descubrieron los hombres que las nueces tienen forma de pequeños cerebros porque sirven de medicina para sanar los dolores de cabeza y que la biología de las fieras y los monstruos obedece a secretos reglamentos sobrenaturales. En las culturas sagradas, en esas culturas que convierten en libro a la naturaleza, cada animal existió como una alegoría viva. Pongamos el ejemplo de la dañina ballena, tan parecida cuando flota en el mar a ese valle de lágrimas y de pecado que llamamos tierra. Según repiten los bestiarios: «El monstruo es enorme, como una isla. Los navegantes, en su ignorancia, fondean junto a él su embarcación, como en la orilla de una isla. Encienden fuego encima para preparar su comida; cuando el monstruo siente calor se hunde en las profundidades del mar y arrastra consigo la nave ya todos los marinos. y tú, ¡oh hombre!, si te aferras a las vacías esperanzas del Demonio, te hundirás con él en el fuego del infierno». Así hablaba el Fisiólogo sobre la ballena. Cada detalle de la naturaleza tenía el valor de una letra por la que era posible ascender hasta la voluntad divina. La idea aparece extremada en el siglo XV, de la mano de Raimundo Sabunde, quien llegó a afirmar que los que falsifican el 1ibro de la naturaleza son peores herejes que quienes tergiversan las Sagradas Escrituras. (Una afirmación desde luego extrema, que le valió la condena del Concilio de Trento, pero que podría recordarse con saludable intención a ciertos constructores con poco sentido ecológico y a ciertas autoridades enemistadas con el color verde. Peca quien falsifica el libro de la naturaleza).

Remarco toda esta simbología de la escritura sagrada porque me parece que el gusto impulsivo por la interpretación vuelve a ser una de las mejores herencias que los habitantes de este fin de siglo podemos recibir de la antigüedad, siempre que la unamos a nuestra capacidad desacralizadora y crítica. Y creo que es en este punto donde se sostiene la utilidad de los libros, de esos libros que –según el Arcipreste de Hita- son como instrumentos que suenan bien o mal, dependiendo de las manos que los tocan. Los libros deben ser hoy el punto de cruce de dos tradiciones: la tradición hermenéutica de la Antigüedad y la tradición crítica y razonadora que surge en el Renacimiento y se extiende con los ilustrados como un gran relato de emancipación de los seres humanos enfrentados al reto de su propia libertad. Porque hoy siguen pesando sobre nosotros aquellas palabras que Pico de la Mirándola puso en boca de Dios en su Oración sobre la dignidad de los hombres: «No te he dado, Adán, ni un puesto determinado, ni un aspecto tuyo propio, ni ninguna prerrogativa tuya, porque aquel puesto, aquel aspecto, aquellas prerrogativas que tú deseas, todo, según tu voluntad y tu juicio, lo obtengas y conserves. La naturaleza determinada de los otros está contenida en leyes por mí prescritas. Tú, sin embargo, te la determinarás, sin estar condicionado por ninguna frontera, según tu arbitrio, a cuya potestad te consigno».

Ahora que buena parte del pensamiento burgués, presionado por las contradicciones que está generando en la realidad el desarrollo de su sistema de vida, se dedica a devorar sus propios mitos y desacredita sus banderas más llamativas, bueno será tomarse en serio toda una parte de la tradición de este pensamiento burgués que se ha definido en la batalla por la dignidad de los seres humanos, por una vida sin condiciones sobrenaturales ni fronteras, responsabilizados en nuestra propia potestad. Las humanidades en general, y la poesía en concreto, significan un modo de tomarnos en serio a nosotros mismos, nuestra propia dignidad, nuestras razones, nuestras experiencias, nuestros sentimientos. La cara económica que define nuestras costumbres sociales ha identificado utilidad con negocio, con ganancia rápida, llegándose incluso a cargar de carácter negativo el concepto de utilidad, sobre todo en

arte, ya que la belleza y la profundidad humana han venido siendo los primeros sacrificado en el utilitarismo negociante de las sociedades industriales. Sin embargo, ¿no es una torpeza trazar nuestro destino, aunque sea a la contra, en relación con un mundo prestado? , ¿no es una torpeza consagrarse al territorio de la inutilidad? , ¿no es posible mantener otro concepto más ancho de utilidad, una utilidad que exprese maneras distintas de entender la vida? Dejando aun lado los negocios y muchas de las implicaciones de las costumbres burguesas, ¿es útil conocerse, entenderse con uno mismo, tener más datos sobre las reglas de juego de nuestra propia existencia ? ¿Es útil estar informados de nuestra historia, de nuestro corazón, de nuestras posibles razones? En sus Observaciones sobre el sentido de lo bello y lo sublime, Kant afirmaba: «Es corriente denominar sólo útil a lo que satisface nuestra más grosera sensibilidad, lo que puede proporcionarnos abundancia en comida y bebida, lujo en el vestido y los muebles y esplendidez en la hospitalidad, aunque no comprendo por qué lo deseado por mis más vivos sentimientos no se ha de contar igualmente entre las cosas útiles» .Pues bien, la poesía es inútil porque vivimos en una sociedad grosera, donde las necesidades creadas tienen muy poco que ver con el talento y con las posibles fronteras de nuestro deseo; la poesía es inútil porque el conocimiento de la los demás invita a la solidaridad, y la carrera por cubrir falsas necesidades exige otra cosa, competidores, alimañas carnívoras, habitantes de una sociedad donde es mejor guardar secretos, estar desinformados, para tener las manos más libres y la conciencia más tranquila; la poesía es inútil, como las humanidades en general, porque se gobierna mejor a los incultos, son más dóciles, se toman menos en serio su propia dignidad.

Y la poesía es inútil porque los poetas, como forma de rechazo a la utilidad grosera, se han consagrado a la inutilidad, sin plantearse un sentido más digno y más poético de lo útil.

Las sociedades burguesas y el sistema capitalista es están devorando sus propios mitos para asegurarse un desarrollo estable, un control de los huecos generados en la realidad herida del mundo. La visión dinámica y laboriosamente humana de la historia se ve sustituida por la quietud de un orden ya inquebrantable; la libertad sufre los recortes de la seguridad (de los privilegiados, se supone); la igualdad y la fraternidad, palabras que cada día tienen más gesto de piedad que de reivindicación política, se olvidan en un territorio marcado por la devoración; la independencia subjetiva es una máscara de creencias y sentimientos que apenas puede ocultar el carácter homologado y común de toda la ciudadanía. Realmente es muy parecida la forma que todos tenemos de sentirnos originales. y este fracaso alarmante de nuestros contratos sociales ( desde las aberraciones oscuras de los caídos países comunistas hasta las injusticias simpáticas de las democracias occidentales), están esperando una respuesta. La poesía será útil sí sabe participar en la elaboración de esta respuesta, y no simplemente como sermonario o panfleto de ideas sociales, sino como plasmación adecuada de una experiencia estética contemporánea. La tradición romántica, marcada por los distintos decorados del enfrentamiento entre el yo y el sistema, dispuso la sacralización consoladora del sujeto, un sujeto heroico, divinizado, con verdades esenciales al margen de la historia. Selló así las distancias entre los individuos y la sociedad, imposibilitando ideológicamente el acceso de los individuos a las decisiones sociales y el acceso de la sociedad a las verdades más profundas de los individuos. En los debates sobre la palabra poética, buena parte del terreno ganado al ejército de las supersticiones religiosas se perdió después ante el ejército de las supersticiones subjetivas. Quizá vaya siendo hora de sustituir este sujeto romántico, lado oscuro del simple sentido común, por un nuevo concepto de individualidad que no se defina por las distancias imaginarias entre el yo y la realidad social. El respeto a la individualidad en arte y en historia es un referente imprescindible, porque todas las ideologías sociales cobran vida, se materializan en individuos, en una mirada particular; pero, al mismo tiempo, hay que ser conscientes de que esa individualidad no cae del cielo o no surge del fondo de un abismo personal, sino que es la plasmación concreta de un conjunto de valores y mentalidades históricas.

En este sentido me parece de marcado interés el desarrollo de una poesía no definida por las separaciones imaginarias entre el yo heroico y la realidad, con toda la amplia gama de soluciones literarias (metafísica, orgullo esteticista, vanguardismo, etc.). Estas soluciones no deben asumirse hoy como verdades, como formas absolutas de mirada, sino como partes del utillaje de nuestras tradiciones, carpintería que puede ser manejada según los intereses de nuestra propia utilidad. No se puede volver al romanticismo con ojos de romántico, a la vanguardia con ojos vanguardistas, porque nos desprenderíamos de nuestro espacio histórico real. Es conveniente hacer lecturas, interpretaciones, sacar agua de los pozos. Podemos aprovechar nuestro pasado, pero no convertirnos en pasado. y que nadie se olvide de que el pasado tuvo también una manera determinada de concebir la rebeldía, un discurso negativo del que tenemos que purificarnos para ser capaces de enunciar un presente positivo y rebelde .

La poesía es útil porque puede reconstruir estéticamente, es decir, según las convenciones de su género, las experiencias de nuestra realidad, ayudarnos a comprenderlas, acompañarnos en la búsqueda de unos modos adecuados de formulación. Es importante que los protagonistas del poema no sean héroes, profetas expresivos, sino personas normales que representen la capacidad de sentir de las personas normales. En una época donde cada día se potencia más la homogeneidad de los aparentes extraños, la vulgaridad de los que se creen originales, el corazón masificado de los héroes, es importante hablar de lo contrario, de la posible originalidad de los vulgares, del protagonismo, dignidad y diferencias íntimas de las personas normales. Si una cultura de huecas rebeldías heroicas nos ha llevado a la quietud y la homologación, una cultura positiva de la normalidad puede traernos el dinamismo y respeto a la diferencia. y quede claro que no utilizo el concepto de normalidad en un sentido regulador de matices y moralizador, una defensa de patrones estables y sistemas cerrados en sí mismos. Todo lo contrario, me refiero a la diferencia, la singularidad, la capacidad de sentir, los matices, la intensidad y el dinamismo de personas que no van vestidasde héroes ni hablan como profetas, personas que se consideran individuos normales y que no quieren refugiarse en la extravagancia. Como el espacio heroico es siempre un consuelo imaginario, al poder le interesa alabar la rebeldía de los héroes, del mismo modo que los anuncios de televisión fabrican una idea de la libertad y de la felicidad muy propicia para la pantalla, pero que nadie se atrevería a con- fundir con su realidad. Uno acaba fumando una marca de tabaco o bebiendo un tipo de whisky para consolarse de que es imposible tener el coche, el dinero, la juventud y la mujer que aparecen en el anuncio. Es mucho más peligrosa la rebeldía de los seres normales, aquellos seres que aprenden a desear lo que pueden tener. El deseo de los héroes es un consuelo, nuestro deseo es una posibilidad.

Frente a la épica de los héroes o el fin de la historia, prefiero la poesía de los seres normales.

Y, para terminar, volvamos por un momento al espíritu de la época que nos ha tocado vivir. Tal vez ahora más que nunca conviene recordar que nuestra libertad no se juega nunca en las decisiones, sino en los ejercicios de interpretación. Vivimos en un mundo donde todo parece estar claro, expuesto a valores y verdades iluminadísimas. Todo es tan “ evidente que da pereza utilizar el pensamiento y resulta ingenuo hablar de bellas banderas, porque todas, por deseables que sean, escapan a la mecánica “ ) de las decisiones clarísimas. Es desde luego un papel pasivo el que le toca jugar al Adán de hoy, por lo .menos en referencia a lo que podrían ser sus propias espectativas, y por eso triunfan ecuménicamente aquellos medios destinados a los ojos pasivos. Me refiero sobre todo a los sermones de la televisión templo actual de los contempladores y de las gentes sin voluntad. Los ojos suelen aceptar lo que se les da por la pantalla, se identifican con lo que tienen delante, porque la prisa sucesiva de las imágenes ni siquiera deja el tiempo necesario para reflexionar sobre el sentido de lo que se está asumiendo. Todo se convierte rápidamente en pasado, el presente se debilita, perdiendo así importancia y ritmo cualquier intento de interpretación moral de lo que ocurre. En su Defensa de la lectura, Pedro Salinas distinguía entre los leedores y los lectores. Los leedores, como los mirones de la televisión, se tragan lo que les pasa por delante sin participar en la elaboración de sus propias conclusiones, ya que prefieren tomarlas prestadas de la evidencia. Los lectores, por el contrario, están llamados ala interpretación, a la lentitud de la duda crítica y a los merodeos de la imaginación.

Y es este un tema que se desborda socialmente en su importancia, y que debe preocupar a 1os ciudadanos ya las instituciones, porque las democracias tienden también a estancarse en la suposición de que el estado libre es aquel que permite decir lo que se piensa, olvidando la necesidad de pensar libremente lo que se dice o lo que se elige. Juan de Mairena, el peculiarísimo personaje de Antonio Machado (paradójico, inteligente, funambulesco a causa de su decisiva apuesta por la interpretación), lo dejó dicho en uno de sus apuntes: «la emisión del pensamiento es un problema importante, pero secundario, y supeditado al nuestro, que es el de la libertad del pensamiento mismo» .Un problema que suele desconocer con explicable interés el llamado mundo libre. Hace unos años publicaba El país los resultados de una encuesta en la que el ochenta por ciento de los jóvenes japoneses preguntados coincidía en afirmar que habían sido los rusos los responsables de las dos bombas atómicas caídas sobre su país. ¿Dónde empieza la libertad de expresión? No en la hipocresía de esos mecanismos que permiten hablar con libertad, pero que antes dejan huecos los cimientos históricos e intelectuales de las palabras. Reflexionemos sobre nosotros mismos, porque igual que hay lectores y leed ores hay también votantes y votadores, representantes y representadores, como sabe cualquier técnico en campañas electorales .

y en la utilísima tarea de que los leedores se conviertan en lectores, los votadores en votantes y los representadores en representantes, es decir, en la tarea de profundizar éticamente en el mundo y la democracia, la cultura tiene un papel principal, sobre todo la cultura libresca, aquella minuciosa educaci6n que nos hace compañía en el laberinto del pensamiento. Nada hay más útil que la literatura, porque ella nos ensaña a interpretar la ideología y nos convierte en seres libres al demostrarnos que todo puede ser creado y destruido, que las palabras se ponen unas detrás de otras como los días de un calendario, que vivimos, en fin, en un simulacro decisivo, en una realidad edificada, como los humildes poemas o los grandes relatos, y que podemos transformarla a nuestro gusto, abriendo o cerrando una página, escogiendo el final que más nos convenga, sin humillarnos a verdades aceptadas con anterioridad. Porque nada existe con anterioridad, sólo el vacío; todo empieza cuando el estilete, la pluma, las letras de la máquina o del ordenador se inclinan sobre la superficie de la piel o del papel para inaugurar la realidad, así, del mismo modo que se inclinan sobre el mundo las manos de los que quiren y pueden escribir su historia.

Decía Escoto Erígena que las Sagradas Escrituras guardan un número infinito de sentidos y las comparaba con el plumaje tornasolado de un pavo real. Es la misma sensación que a mí me asalta cada vez que penetro en las bibliotecas donde se almacenan los humildes libros no divinos y cruzo el desordenado colorido de sus estanterías, los pasillos largos y enigmáticos como un argumento inacabable. Los libros no son una herencia santa, ni una marca sagrada, ni forman una estirpe de sacerdotes profetas o presentadores de televisión. En su silenciosa variedad son un argumento, una libertad edificada, donde las historias funcionan según la libertad de autores y lectores. Merece la pena el esfuerzo de volver a decir que la realidad es un libro y el futuro una operación narrativa. Tal vez por eso la moral, ese ejercicio de lectura de la vida, se convierte con frecuencia en una práctica de soledad, del quedarse solo, en un sillón apartado, con una luz precisa y poco ruido y mucha dedicación. Es la dedicación que se merece nuestra sabiduría sobre el mundo que tenemos y el mundo que podemos tener, sobre cómo somos y cómo deberíamos ser, sobre los gobernantes que nos mandan y los que nos deberían mandar .

Mientras tanto, mientras llega ese momento, es posible que algunos días nos sintamos cansados y tengamos necesidad de cultivar nuestro jardín. Yo les aconsejo el mundo de los libros, por ejemplo el mundo de los libros de poesía, porque son una buena provincia de libertad y un buen fuego para pasar el invierno.

Conferencia leída en la Biblioteca de Andalucía, Granada, el 23 de abril de 1992.

Fuente: García Montero, Muñoz Molina, ¿Por qué no es útil la literatura?, Hiperión, Madrid, 1993.

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Proyecto de Edición Libro de notas

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Datos Bio-bibliográficos

Luis García Montero

(Granada, 1958)

Bibliografía escogida:
Diario cómplice, Hiperión, Madrid, 1987.
Las flores del frío, Hiperión, Madrid, 1991.
Habitaciones separadas, Visor, Madrid, 1994.
Además, Hiperión, Madrid, 1994.

Enlaces:
Poemas

Otras artes poéticas del autor:

Más información en la wikipedia: Luis García Montero

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