s.XX - Últimas tendencias - Santiago Montobbio: Entrevista Santiago Montobbio: "Escribo desde un profundo amor", 2009


¿Cuándo, cómo y por qué escribe versos?

Escribo cuando se me impone, en cualquier momento y en principio estando dedicado, también, a otra tarea: así, he apartado libros y apuntes cuando estudiaba para ponerme a escribir un buen número de poemas de corrido. He escrito en bares, en bibliotecas, y en lo que encontraba a mano: papeles, servilletas, en un sobre de carta o en un recibo (como indica el título de uno de mis textos). A veces he sentido cómo se formaban unas palabras o una música mientras andaba por la calle.

La poesía es una rama civil y laica de la soterología, la ciencia de la salvación. Porque escribo para salvarme. Escribo por necesidad y desde un profundo amor; a la aventura, con libertad, con sinceridad y generosidad, con valor y en cierto sentido también con inocencia.

¿Qué nota cuando escribe versos?

Al escribir se está, sí, en un estado especial, espiritual o de conciencia o integral de la persona toda, en el que el espíritu se dilata y, con intensidad y tensión afiladas, completas, crea. Cuando escribo estoy completamente volcado en ello.

Una vez me preguntaron cómo se me había ocurrido un poema. Me pareció una pregunta absurda. Y pensé: a mí en la lengua las cosas no se me ocurren: me suceden. Es exacto, y da idea de cómo se crea: cuando escribimos, estamos encarnados en la lengua, o ella en nosotros, y en esta encarnación indagamos y nos suceden las cosas, que quedan cifradas en los poemas.

¿Cree usted que la perla no se explica por la ostra (Proust)? ¿Cómo ve la relación entre su poesía y usted? ¿Cree en la inspiración?

Escribimos para revelarnos a nosotros mismos, y esto quiere decir expresar lo que más profundamente somos. El resultado no tiene por qué gustarnos basta con que sintamos que debíamos cifrarnos de ese modo, y puede también sorprender a las personas que tratamos, ya que, como decía Pavese, en arte no vale la experiencia, sino la experiencia interior, y ésta puede no traslucirse en el trato diario. Otras veces los poemas se nutren de elementos biográficos más externos e identificables, que quedan en ellos transcendidos.

Cuando los escribía pensaba que entre mis poemas y yo no había diferencia ninguna, y también que quien los leyera sabría más de mí que quien me conociera: dos pensamientos directos, sencillos, pero que dan fe de la medida en que me he dado a mí mismo en mis poemas. Lo anoto porque pienso que es bueno tener, ante los poemas, este estado de conciencia.

En una entrevista de sus últimos años, Carmen Martín Gaite afirmaba que, a la hora de escribir, a la inspiración la veía llegar con alas y todo: también yo lo siento así, y creo que está en y es la base de la creación, y que resulta indispensable. Aparte de la prueba que constituye el que artistas muy jóvenes hayan alcanzado altas cimas, me ratifica en ello el modo en que escribo: de manera fulgurante e instintiva, con gran rapidez y facilidad, en unos textos que surgen ya definitivos.

¿Cuál es la función de la metáfora en su poesía? La metáfora hace a la poesía. ¿Hay quien lo dude?

No creo que sea indispensable, definitorio ni consustancial a la calidad poética, como a veces se ha pretendido, una nutrida presencia de metáforas, ni siquiera de imágenes. Pueden resultar anodinas, o no producir efectos, o resultar un artificio cargante, si no se emplean con acierto; pueden, también, resultar indispensables, según el tipo de quehacer lírico. Se han de emplear entonces, cuando tengan carácter necesario y constituyan un hallazgo natural, y no como aplicación de un programa previo que las exige. En definitiva, puede haber alta poesía con un intenso uso de metáforas e imágenes, y también sin ellas. Parte de mi poesía es sobria desde un punto de vista expresivo, y espero que no por ello sea de baja calidad. Así, Manuel Álvarez Ortega, al conocerla y tras leer mi primer libro afirmó que estaba escrita “con un lenguaje muy sugerente que alcanza gran belleza y hondura con un mínimo de elementos expresivos”. Esto ha de ser, sí, posible.

Recuerdo aquellas páginas volanderas que escribió Ortega con atildamiento en relación a la metáfora y López-Picó, y en las que decía que ésta es un lugar forjado ex-novo. Pero no sólo ella tiene este carácter: también puede predicarse del ritmo, ya que ha de ser nuevo, original y único para cada poema o nueva etapa de nuestra poesía, y me parece un elemento más constitutivo.

¿Qué piensa de la métrica, de la rima (consonante y asonante), y del verso libre?

Borges escribió: “Como todo joven poeta, yo creí alguna vez que el verso libre es más fácil que el verso regular; ahora sé que es más árduo y que requiere la íntima convicción de ciertas páginas de Carl Sandburg o de su padre, Whitman”. El patrón de la rima puede proporcionar hallazgos, ser una ayuda para los descubrimientos y la creación, y el verso libre es, en cambio, un salto sin red: en su absoluta libertad encierra una infinita gama de posibilidades, y así puede encarnarse de muy diversos modos y formas, según lo exijan los poemas, su naturaleza y sus reglas de construcción interna. Creo que esta variedad de posibilidades está presente en mi poesía, y que los poemas reclaman un sucederse de formas a cada paso renovadas. El verso libre, pues, se ha de cultivar con convicción, pero también con rigor (“Ningún verso es libre para quien quiera hacer un buen trabajo”, aseguraba T.S. Eliot). Pero éste se nos impone de manera natural e instintiva al escribirlo, ya que percibimos cómo el nuevo verso libre que empleamos va disponiéndose con determinación y exactitud, sin vacilación ninguna, como siguiendo el dictado de una ley matemática precisa.

¿Valora la originalidad? ¿Por qué? ¿En qué tradición se coloca?

La originalidad es consustancial a la creación, si ésta es auténtica. Forma parte de su misma naturaleza, y por ello no me he dedicado a buscarla: siento que soy inevitablemente original, ya que lo que escribo es sólo propio de mí. Una obra poética que sea una creación verdadera constituye una parcela nueva y única de la realidad, que se ensancha con ella; es un descubrimiento, y conlleva una sorpresa. Por ello, firmaría lo que escribió Oliverio Girondo en uno de sus membretes: “La poesía siempre es lo otro, aquello que todos ignoran hasta que lo descubre un verdadero poeta”. Y los poemas han de resultar originales también para uno mismo. Nos encontramos con ellos como con una luz entre los dedos.

Era Cernuda quien decía que había escritores que creaban su propia tradición. Ajenos a influencias, es sólo de una manera muy laxa como podrían inscribirse mis poemas en una.

¿Qué le gusta de lo que han dicho los críticos (cítelos) de su poesía?

Aparte del bello ensayo que el hispanista Giuseppe Bellini ha dedicado a mi poesía, citaría los testimonios espontáneos de varios escritores: “Muy pocas veces me produce alegría contestar a los autores que me envían sus obras. Este es un caso distinto. Me hace feliz escribirle porque su libro HOSPITAL DE INOCENTES es muy bueno y de manera misteriosa siento que coincide con mi estado de ser cuando estoy escribiendo” (Juan Carlos Onetti); “Matilde me ha leído algunos de tus poemas. Son magníficos” (Ernesto Sábato); “Envidio la fuerza de su verso” (Miguel Delibes); “sus poemas de Hospital de Inocentes, tan hondos y hermosos” (Camilo José Cela); “salen de un pozo muy oscuro y verdadero” (Carmen Martín Gaite).

¿Tiene idea de su público? Alguna anécdota relacionada con su poesía.

He escrito siempre sólo que para mí mismo, por necesidad íntima, y lo he hecho desde una profunda soledad y un independiente silencio absoluto, por lo que la idea de público resulta así ajena a mi actividad de creación, y en cierto modo hasta extraña a ella. En “No volveré a ser joven”, su poema preferido, Jaime Gil de Biedma escribe unos versos que me parecen de una gran grosería moral y me resultan horrorosos: “-como todos los jóvenes, yo vine/ a llevarme la vida por delante.// Dejar huella quería/ y marcharme entre aplausos”. Es lo último que yo querría, y, de hecho, tengo un breve poema antitético, escrito a los veinte años y en el que me reconozco por entero. Se titula “Único motivo (y verdadero) de mi silenciosa, continua retirada”, y dice así: “Me aplaudían, y nada hay más molesto”.

Así, mi poesía no ha necesitado del público para nacer y existir, ni ha pensado en él, ni se ha desgañitado por buscarlo. Pero pasa el tiempo, y los poemas se van divulgando. Es algo que va por su cuenta. No tengo una idea precisa de cuál es mi público, pero quizá sea variado, según señalan los comentarios, referencias y citas que se cruzan. En principio esta divulgación, aunque insospechada y sorprendente, resulta agradable. No diré, como Cernuda, que el público es el burro de Ocnos, que siempre quiere más juncos trenzados, pero sí que de vez en cuando me doy una vuelta por internet y que a veces no salgo de mi asombro.

¿Cómo ve la relación de su poesía con sus otros oficios o actividades?

Una parte esencial de mi poesía está escrita sin poder dedicarme a escribir. Las dificultades pueden no ser buenas para la presión arterial, pero, a la vez que impedimentos, pueden en cierto modo resultar estimulantes para la creación, que se convierte, entonces, en un reducto de libertad especialmente preciado y en el que nos volcamos algo clandestinos pero con pasión e intensidad, aspecto que en cierta medida se pierde en una mayor acomodación. Puede no ser una mala forma de realizar una tarea, y de cumplir con un destino. Aunque, en principio, debería resultar más propicio dedicarse a una actividad relacionada con la literatura; otras actividades impuestas pueden frustrar o hacer variar proyectos, dificultar y agredir una vocación. En uno de mis poemas narrativos aparecen unas novelas que quedan abandonadas sobre el radiador: es un dato cierto, y el tipo de impulso que las alentaba quizá pervive de algún modo en esa serie y clase de poemas, cuya materia en principio podría haberse también encarnado en cuentos. (Salvador Espriu achacaba a su trabajo el no poder dedicarse a la narrativa larga. Entonces hubiera sido, según Pla, el mayor escritor. Pero quizá no habríamos tenido sus poemas. O quizá sí -más sus novelas). He sido unos años profesor de la Facultad de Derecho, y desde algunos más lo soy de la de Filología. La creación se sitúa en un reducto tan íntimo de uno mismo, tan en sus adentros, que puede pervivir de algún modo intocada, aparte del trabajo.

Santiago Montobbio, “Escribo desde un profundo amor”, El Ciervo, Nº 672, Barcelona, marzo 2009

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Datos Bio-bibliográficos

Santiago Montobbio

(Barcelona, 1966)

Bibliografía escogida:
Hospital de Inocentes, Editorial Devenir, Madrid, Enero
1989.
Ética confirmada, Editorial Devenir, Madrid, Junio 1990.
Tierras, collection “le tourbillon suspendu”, Éditions
AIOU, Saint-Etienne-Vallée-Française (France), décembre
1996.
Los versos del fantasma, Literal, México, 2003.
El anarquista de las bengalas, March Editor, Barcelona, 2005.

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